Lunes, 02 de Noviembre de 2026

Morelia, Mich

Día de Muertos en Michoacán, una costumbre que se hereda y se multiplica

Día de Muertos en Michoacán, una costumbre que se hereda y se multiplica
Fernando Alvarez del Castillo

La Semana de Noche de Muertos, que corrió del 23 de octubre al 2 de noviembre, llegó con una proyección oficial de hasta un millón de visitantes y más de 700 actividades culturales, artísticas y ceremoniales en las siete regiones turísticas del estado. Para Morelia, que funciona como puerta de entrada y base de hospedaje para buena parte de esos viajeros, la celebración se nota en hoteles llenos, restaurantes con alta demanda y un Centro Histórico vestido de altares, flores y catrinas.

La fiesta, sin embargo, es mucho más antigua que el turismo. Nace de la cosmovisión purépecha, que entendía la muerte como un tránsito y no como un final. De acuerdo con la tradición oral, la entrada al mundo de los muertos se encuentra en el lago de Pátzcuaro, y las almas lo cruzan guiadas por un perro de agua; quienes no cuentan con esa ayuda necesitan los elementos de la ofrenda para llegar.

Con la evangelización franciscana del siglo XVI, esos rituales se mezclaron con las fechas católicas de Todos los Santos y Fieles Difuntos. De ese encuentro nació la Animecha Kejtzitakua, la ofrenda a las ánimas que hoy se celebra en alrededor de 25 panteones de la zona lacustre. Tzintzuntzan, antigua capital del señorío purépecha, conserva algunas de sus expresiones más antiguas.

El momento central es la Noche de Ánimas, del 1 al 2 de noviembre. Las familias adornan las tumbas con flor de cempasúchil, encienden velas y pasan la noche en el panteón entre rezos y cantos, acompañadas de los platillos y bebidas que más disfrutaban sus difuntos: pan de muerto, tamales, atole, charanda, fruta y dulces de temporada. En las casas donde alguien falleció durante el año se levanta la ofrenda nueva, o kurhíjperakua, y los vecinos llegan con velas y alimentos para acompañar a la familia, mientras los arcos de flores marcan el camino por el que regresan las almas.

En el lago, los pescadores de Janitzio y Urandén encienden velas en sus canoas y despliegan sus tradicionales redes de mariposa. En Tzintzuntzan, por su parte, se recrea la uarhukua, el juego de pelota encendida de origen prehispánico, acompañado de teatro al aire libre.

Pátzcuaro y la isla de Janitzio, a poco más de una hora de Morelia, siguen siendo los destinos más buscados. Janitzio atrae por su panteón iluminado en lo alto de la isla, al que se llega en lancha desde el muelle general, y Pátzcuaro ofrece su centro histórico, el tianguis artesanal y las ofrendas monumentales. Tzintzuntzan, Ihuatzio, Jarácuaro, Tzurumútaro y Cuanajo completan la ruta para quienes buscan velaciones más íntimas; Cuanajo, por ejemplo, organizó su festival K'etsitakua Ánimecheri con la expectativa de recibir entre 3 mil y 5 mil visitantes.

Más allá de la ribera, la celebración también se expande. Zamora proyectó superar los 100 mil visitantes y llenar su capacidad hotelera, mientras Uruapan sumó recorridos nocturnos en teleférico. Y en la capital michoacana, los altares públicos, los desfiles de catrinas y la oferta gastronómica permiten vivir la temporada sin salir de Morelia.

¿Qué hace que tanta gente elija Michoacán? En primer lugar, que se trata de una tradición viva y no de un espectáculo montado: las comunidades purépechas conservan formas de conmemoración heredadas por generaciones. Después, el reconocimiento internacional, pues las fiestas indígenas dedicadas a los muertos fueron proclamadas por la UNESCO Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2003 e inscritas en su lista representativa en 2008, con la región lacustre michoacana como uno de sus grandes referentes. Y, por supuesto, el paisaje: pocas imágenes del país son tan reconocibles como las velas reflejadas en el lago de Pátzcuaro.

A ello se suman la artesanía, con el Concurso Estatal de Artesanías en Pátzcuaro, la alfarería, el maque y las máscaras de madera, y una cocina que en estas fechas pone en la mesa corundas, uchepos, atole y pan de muerto. Este año, además, la tercera edición de la Semana de Noche de Muertos incluyó talleres en las comunidades cuyo costo se entregó directamente a artesanos, y que recibieron a visitantes de Estados Unidos, Suiza, Argentina, Líbano, Francia, Inglaterra y España.

Las cifras confirman que la tradición sigue creciendo. En 2024 el estado reportó 565 mil 802 visitantes y una derrama de 626 millones de pesos; para 2026, la Secretaría de Turismo estatal espera entre 800 mil y un millón de personas, con turistas de España, Italia, Francia, Alemania, China y Japón. El balance oficial de este año aún no se publica. Especialistas de la Universidad Iberoamericana advierten, no obstante, que buena parte de la derrama nacional de estas fechas no llega a las comunidades y pequeños negocios que sostienen la tradición.

Para quienes salen desde Morelia, la recomendación es reservar con tiempo, abrigarse para las noches frías junto al lago, pedir permiso antes de fotografiar a las familias y comprar directamente a artesanos y cocineras locales. La Noche de Muertos es, antes que nada, un momento de memoria y duelo que las comunidades comparten con quien llega con respeto.

Fotos: Prensa gobierno de Michoacán